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Miguel Hernández, el poeta del triste destino

Agustina Pérez Consellera del CEIC AV

Agustina Pérez
Consellera del CEIC AV

La biografía de un poeta está en su obra, y Miguel Hernández dejó escrito en ella su destino con claridad profética:

                                                       Llegó con tres heridas:
                                                                la del amor,
                                                            la de la muerte,
                                                             la de la vida

Vida dura, pero abrazada con ansia. Amor esquivo, doloroso a veces, pero perseguido con tenacidad. Muerte que lo cercaba con fuerza, que lo perseguía terca. Y a la que burló siempre hasta que fanatismo, crueldad, venganza e intransigencia se aliaron con ella para dejarlo morir.

Su espíritu encarna el ideal republicano de formación liberadora de las personas. Una función que Miguel Hernández ejerce sin descanso, para permitir a un pueblo analfabeto ser capaz de tener conciencia libre para decidir. Una herencia de la España krausista de la Institución Libre de Enseñanza.

A nadie, con un mínimo de sensibilidad, deja indiferente su vida y su obra. En ella se hace carne el ideal de emplear el arte para la transformación del mundo, y no para su mera observación.

Sus primeros poemas son un contacto con el mundo para entenderlo y entenderse. Y escribe con una voz aún indecisa, fruto de sus lecturas autodidactas.

Pero su “yo” se ahoga en Orihuela. Vuela a la capital, Madrid, y descubre el “nosotros”. Conoce las desigualdades, el clasismo, las desilusiones que lo acercan a una clase oprimida  que se levanta del suelo con el triunfo de la II República. El poeta se implica entonces en las Misiones Pedagógicas y se lanza a los caminos para extender la cultura. El contacto con campesinos de Salamanca y Extremadura lo confirma en la necesidad de que el pueblo acceda al conocimiento y hace cambiar su ideología.

Porque no todos en Madrid lo consideraron su igual, y muchas veces su clasismo los hizo sentirse lejanos del joven de alpargatas y pantalón de rayas.

No aceptaron, en su exquisitez aristocrática, al joven venido de Orihuela. Quizá temieron su mirada limpia y el torrente libre de su poesía porque les recordaba demasiado al pueblo.

Además de Bergamín y Altolaguirre, sólo Aleixandre y Cossío lo ayudaron a sobrevivir, aunque él nunca supo hasta qué extremo lo hicieron los dos últimos.

La ilusión del cambio republicano dura poco, y el viento cruel de un golpe de estado lo lanza, junto a los que defendían la República, a una cruel guerra civil. Y no se esconde, lucha, escribe, alienta a los que defienden la legalidad frente al golpismo.

La  amarga derrota del orden establecido provoca su persecución, encierro y condena a muerte, como la de tantos otros. Sin más culpa que haber luchado para restablecer la República votada por el pueblo, que el golpe de estado franquista quería hacer desaparecer.

No lograron doblegarlo. Incluso encarcelado, lucha.Y lo hace escribiendo. De su calidad humana y poética nos quedan un cuaderno manuscrito, poemas al hijo muerto, cuentos para el nuevo hijo escritos en papel higiénico y una inmensa esperanza, aun en los peores momentos. Cancionero y romancero de ausencias es uno de los libros más emocionantes, humanos y poéticos que conozco.

Escrito con el alma, convirtiendo su agonía en esperanza, con el consuelo de dar aunque no se reciba.

Sin importarle su dolor, con la fuerza de quien está seguro de hacer lo correcto.

El franquismo nunca se atrevió a fusilarlo. Ya había sido suficiente la muerte alevosa de un gran poeta, Federico García Lorca.

Había otro modo de matarlo sin mancharse las manos: dejarlo morir encarcelado, enfermo y solo, torturado por la pena.

El canónigo Luis Almarcha nunca le perdonó que cambiara de ideología y se convirtiera, según sus palabras, en un “degenerado”. Y lo condenó  a una muerte lenta en la cárcel, tras el indulto de Franco. Además se permitió atormentarlo por medio de su vicario –auténtico comisario político- hasta su agonía, exigiéndole el matrimonio canónico con Josefina. Son estremecedores los documentos que lo demuestran.

Conoció trece prisiones en toda la geografía peninsular. Y, a consecuencia de sus penalidades, contrajo una grave enfermedad pulmonar que lo llevó a la muerte, sin atención médica apenas, el 28 de marzo de 1942. Sólo tenía 31 años.

Se prohibió hacerle una máscara funeraria y alguno de sus compañeros de cárcel, de modo clandestino, realizó unos dibujos a lápiz en los que se aprecia su tremendo deterioro físico. Nada quedaba del joven fuerte que dibujó dos años antes su compañero de cárcel, el dramaturgo Buero Vallejo.

Miguel HernandezLa Comisión de Cultura del Congreso aprobó, por unanimidad, en diciembre del año pasado, la propuesta de Compromís de declarar 2017 “Año Miguel Hernández”, con motivo del 75 aniversario de su muerte.

Y el Gobierno valenciano ha escogido el 28 de marzo, día en que murió el poeta, para recordar cada año a las víctimas de la Guerra Civil y el franquismo.

Miguel Hernández fue víctima, como tantos, de un verdadero quebranto de cualquier derecho fundamental, empezando por la dignidad, la libertad y la seguridad, ya que no tuvo ni derecho de defensa.

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